El secreto

Este es el relato de Mariela, la mujer más desconcertante e inasible que yo haya conocido nunca. Todavía hoy, al escribir, me vuela en la cabeza como una leyenda griega.

Yo había llegado al cuartico de vídeo de una de las tantas oficinas administrativas de la Marina de Guerra. Frente a los monitores había una muchacha menuda, de pelo claro ondulado, inclinada sobre un cuaderno en el que escribía. El hecho de estar una persona como ella allí, en un ámbito dominado por hombres bigotudos y mujeres gordas, ya era para extrañarse.
– Mariela, él es el realizador que va a hacer el publicitario para la Marina – me presentó Lorenzo
Mariela me miró sin interés y me extendió la mano. Lorenzo se acercó a mi oreja
– ¿Qué te parece Mariela como la protagonista?
– No sé, tendría que hablar con ella ¿Quién es?
– Es enferma al buceo, quiere evaluarse como profesional.
Si hubiera sabido lo que sucedería después, habría averiguado cada detalle de su origen, pero en ese momento solo me interesó la caza.

El vídeo, un publicitario con muchas ilusiones y poco presupuesto, se empezó a filmar y nunca se concluyó, pero durante la semana en que trabajamos juntos allanamos nuestro acercamiento. Reformé el guión hasta convertirlo en arena de juego para nosotros, sustituí al coprotagonista, que quería besarla de verdad y a ella no le daba la gana y, cosa que nunca habría hecho antes o haré otra vez, me puse a mí mismo en el rol.
Tras dos jornadas de mucho relajo y poco avance, la Marina suspendió la filmación. Yo, sin embargo, había logrado salvoconducto a los muros de Mariela, así que aquello no me supo a lo que era, un fiasco profesional.
Mariela tenía una bicicleta moderna, que a pesar de ser de veintiséis pulgadas parecía ser mucho más grande a su lado. Era común que muchas muchachas en su oficio (que descubriré después) tuvieran una así, pero yo no tenía motivos para hacer desagradables asociaciones, me parecía muy linda en su montainbike, la tez y los ojos ámbar, los tenis deportivos y las nalgas asomadas bajo el short-jeans cortado a cuchillo
– Es una lagartijita, Alejandro – me decía Lorenzo con su paladar militar
– No, Lorenzo, es un pecesito

Siempre la observaba a hurtadillas cuando se iba, y un día advertí que no tenía la bicicleta
– ¿Y eso? – le pregunté
– Está rota
– ¿A dónde vas?
– A ningún lado, a mi casa
– Vamos a dar un paseo en la mía, tengo ganas de estar un rato juntos
– ¿A dónde?
– Súbete
Yo tenía un mastodóntico ciclo chino y Mariela se trepó entre el manubrio y mi pecho. Aunque más largo y agotador, tomé el trillo que bordea la costa. El sol estallaba en el mar. Había muy poca gente en la playa, algunos niños chapoteaban en el agua inerte. El aire le enredaba el pelo, y me parecía que en su fantasía se lanzaba al mar, se hacía pez y se hundía tras el segundo cantil, quieta, como si respirar fuera un evento ingrato.

Con las últimas huellas de sol llegamos a mi casa
– ¿No hay nadie? – preguntó todavía en la puerta
– No, a esta hora no hay nadie ¿Quieres tomar algo...? ¿Agua?
– No
– Bueno, espérate un momentico, voy a enjuagarme un poco – atravecé mi cuarto hacia el baño y me siguió – ¿Quieres usar el baño?
– No. No quiero quedarme sola
Terminé de secarme y me acerqué a ella como animal hembra a su crío (Mariela, si fueras más mía, cuánto te cuidaría). Nos abrazamos. Mariela tenía la piel como si hubieran acabado de fabricársela, brillante, sin marcas (pues todavía no había conocido su secreto).
Lorenzo no se adentraba en los valores de Mariela. Era muy linda, cortándole la cabeza y cosiéndola en un cuerpo más esbelto hubiera perdido la gracia.
Comencé a guiarla hacia la cama pero ella se deslizó al suelo. Nos besamos despacio. Le acaricié los tríceps mientras me sorbía los vellos del pecho, le abrí el short sin blúmer. Se quitó el pulover Nacional de Buceo y cayeron dos tetotas cómicamente grandes para su cuerpecito. Lamí las eminencias y el vallecito entre ellas, le mordisquié la tráquea, la lana infantil de la barbilla

Mariela desnuda, homogéneo color solar, muslos de brizna clara, te recorro la tibia con la lengua y siento la resistencia que le hacen mis vellos, me palpo los pezones y a cada ligera presión sale jugo a mi vagina, hago danzar mi clítoris duro, tengo ganas de llorar pero de ninguna manera se va a enterar, le halo el pelo, lo beso, mis nalgas en el piso tibio de su cuarto donde me gustaría trasnochar, se levanta e incrusta con fruición la vulva detrás de mi cabeza, subo y bajo su espalda hasta la raja con dedos finos, huelo sus lunas, mojo sus cimas, lamo el cóccix, el ano, los pelos, el sabor epidérmico del hueco, la bolsa, el puente, el hueco, labolsaelpuenteelhuecolabolsaelhueco, meto la lengua y llevo una mano a su espalda para sosegarlo, soy la reina, la gigantesca maga, le succiono el ano, se mueve hacia delante, marcando de baba el piso, me masturbo exprimiéndole el culo como naranjas, y sigue mojando el piso, y los músculos del torso, su temblor, tengo ganas de llorar, dejo de tocarme
– ¿Te gusta que te mame las nalgas?
La pregunta me endereza. La empujo hacia atrás, le abro las piernas y entro hasta el final, cálida Mariela
– ¡Síii! ¡Síii!
– ¡Mi Mariela!
– ¡Síii! ¡Síii!
Me aprieta contra ella, se contrae, se muerde los labios, se hace luz toda, centellea, le lleno las entrañas y sigo moviéndome fijo en las alas de su pelo, siento agujas en la espalda y eyaculo otra vez

Desnuda Mariela contra los afiches de la puerta
– Te voy a decir un secreto, es algo que no sabe nadie
– ¿Qué? – pregunto transpirando
– ¿Tú ves esto? – me muestra el pie – Me lo hice en Barlovento saltando de un yate a otro, un hierro me entró aquí, hace un año me abrieron otra vez, el médico dice que hay que amputarme el pie o me muero. Pero yo no quiero cortarme el pie. Él va a mi casa, conversa con mi abuela, pero ya yo le dije que me voy a morir... mi abuela ya no me dice nada, me pasa la mano por la cabeza como si yo fuera una niña...
Comienza a llorar ante mi sorpresa la brecha en su dique, y tengo a mi Mariela en el pecho,
más desnuda
vaciándose







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