El sagrado corazón. Primera parte

Marta tiene veintidós o veintitrés años, cabellos anís, ojos limonada, es de tez tan blanca que se le ven los vasos capilares en las sienes, y militante comunista. Me ha llenado de esperanza tras tres semanas trabajando en esta funeraria cultural donde sólo hay cuates y negronas viejas. Va a apoyar material e ideológicamente mi labor de promoción artística, hemos cruzado ya un par de minutos protocolares, que serán complementados en un despacho posterior, a las cinco.
Aunque no preveo la celebridad en este nuevo empleo, quiero dar una buena impresión, por lo que llego a las cinco y cinco. Ella me espera tras el buró del director, termina de arreglar unos papeles y mira a cámara
– Alejandro…
– Sí, aquí estoy
– ...estuve mirando tu plan de actividades para octubre y he subrayado algunas cosas que quisiera me explicaras mejor
– Cuáles son
– Por ejemplo... – mueve sus dedos nacarados – este concierto de Hipólito Ibarra...
– Anjá
– ¿Quién es?
– (No te hagas la comemierda que tú sabes que es un trovador contestatario) Un trovador
– ¿Y cómo vas a hacer el concierto?
– ¿?
– O sea, dónde
– En el salón del aire acondicionado
– Oká – los militantes no dicen okey, sino oká – Bueno, tú sabes cómo es esto, este Centro comienza ahora y hay que cuidar desde el principio ir conformando una imagen que no...
– Marta – la interrumpo –, nosotros vamos a trabajar aquí en colaboración ¿Verdad?
Dobla el índice ante la barbilla y me hunde sus ojos refulgentes en la pupila
– Mhm...
– Mi plan está confeccionado y aprobado hace rato, yo soy responsable por mi trabajo y espero respeto total hacia él
– Alejandro, yo respeto tu trabajo y me parece muy bueno hasta ahora, pero quiero que me entiendas a mí también, y nos ayudemos
– Perfecto, eso espero... A mí me encantaría trabajar contigo
– Oká… – baja la vista a los papeles y se ruboriza. Estas damitas llegan a su casa, se desvisten y se observan lánguidas ante un espejo de cuerpo entero antes de meterse a la ducha, a diario, por eso hay que anteponerles un portón de mármol, dejar que se estrellen, y después abrir suavecito, porque más allá de la (o más acá) de la ideología está su vanidad
– Podemos organizar juntos el concierto... Si quieres – le digo
– Por supuesto, ese es precisamente mi trabajo aquí, apoyar las actividades socioculturales
– Entonces tengo que explicarte los detalles ¿Cuándo quieres que lo discutamos?
– ¿Cuándo propones tú?
– Hoy. Tengo que regresar aquí a las ocho de la noche, así que, si quieres...
– Tendré que hablar con Oscar para que me traiga en la moto
– Qué Oscar
– Mi novio
(¡Ah vete al carajo, tú!)

Hoy es veinticinco de julio, está todo el mundo menos Marta la Intangible. Las negronas se divierten con los cuates, los cuates con la cerveza y las negronas, pero a mí no me gustan ni las negronas ni la cerveza, a mí me gustan las venitas bajo las sienes de Marta. Va a venir, es su deber, la pregunta es si viene con Oscar. A Oscar se le caen los pantalones porque no tiene culo, como una cucaracha, y tiene los brazos atezados hasta donde le llegan las mangas, por el sol que coge en la moto. Yo y Marta hacemos mejor pareja, yo siento que ella siente eso, somos la parejita ideal –por lo menos aquí en el balneario–, su problema es cómo cotejar la parafernalia ideoética con mi insolencia. Pero la vanidad la vence, disfruta saberse la ideal contraparte de algo, y yo tampoco soy un irreductible, ya le he mostrado que transijo bajo condiciones propicias.
Entra saludando a todo el mundo como si todo el mundo quisiera saludarla, y se queda hablando con el director. Los demás son muy guaracheros para una damita así. A mí todavía no me ha saludado. Claro, estoy un poco más lejos, pero va a venir, es su deber







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