El baile

– ¿No te la has templado?
– No, compadre
– Pero porque no quieres, eres el último
No es linda, pero exótica, alemana como nosotros nos imaginamos a las alemanas, excepto por esos movimientos que hace frente a Ignacio
– Oye ¡baila merengue mejor que Ignacio! Y él es dominicano
– Baila cualquier cosa y siempre se mueve para pararle la pinga al contrincante
– ¿Tú te la templaste?
– No, Alejandro, a mí me gusta lo difícil

Yo no soy el gran bailador, pero para el estado en que están todos lo que importa es no detenerse. Tina termina de maltratar a Ignacio y va a buscar su vaso, suda como un camello sin pelo y tiene las tetas serigrafiadas bajo el blusón tropical alemán. Encienden otra reproductora al tiempo que en la actual comienza una nueva pieza, el caos. Como no pueden introducir marihuana buscan un sucedáneo. Estamos en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio.
– Tina, ¿vamos?
Me mira como diciendo ¿y éste? Deja el vaso sobre el televisor y me sigue sin contestarse la pregunta. Intento bailar la música que se escucha más alto, pero Tina deja a su cuerpo que haga lo que le plazca, así que después del segundo rodillazo la suelto y también me muevo a contratiempo aunque sin dominar del todo la sensación de ridículo. Alguien que parece haber captado el humo de mis pensamientos y es un alma compadecida apaga uno de los aparatos y deja loosing my religion. El cambio de ruido y el alcohol hacen creer a la alemana que hemos agotado nuestro turno y se va
– ¡Veen, ven!
La halo por el brazo sudado como una anguila. Nos pegamos. Tiene un fuerte olor a grajo. Deja caer la cabeza en mi hombro – como decía Paul Anka – y por su peso me doy cuenta de que está al borde del knock out. Le poso la boca en el cuello y chupo su transpiración salada. Tiene los músculos del cuello duro, toda ella es dura, firme, como una escaladora de montañas alemanas.
– ¿Estás bien?
– Mm – encoge un hombro
– Vamos, te voy a llevar a tu cuarto
La fiesta es en el edificio donde me hospedo, el suyo está a trescientos metros, así que entramos en mi habitación a oscuras. Se saca el blusón con naturalidad, las luminarias de la calle recortan su curvas suaves contra la ventana de cristal. Se acerca a tientas a la cama, se mete rápido bajo la frazada – en San Antonio SÍ hay frío de noche – y se pega a mí, diría que... cariñosamente. Trenzo mis dedos en su pelo finísimo, los muevo gentil, y algún tiempo después, contra natura, yo también me duermo



Deben de haber pasado cuatro horas, me despertó la gente de Roche bajando equipos para la filmación en La Habana. No ha amanecido, pero ya algunos pájaros chillan. Tina está a veinte centímetros. Me muevo un poco y ella también se mueve, está despierta. Huelo su grajo lascivo. Deslizo la mano al abdomen, al pubis, enredo un rato sus vellos, finos como sus cabellos, tardo en encontrar el clítoris, lo tiene ubicuo, lo sobo con moderación. No me toca. Me pego a ella, el pene cabecea contra su glúteo derecho, acerco mi boca a la suya alcoholizada, lamo sus mejillas, abre imperceptiblemente los muslos, aumento las oscilaciones, comienza a jadear. Recojo jugo de la vagina y le unto el clítoris. De improviso se levanta, tambaleándose como un potro recién nacido, se sienta sobre mi cara y se arroja al pene. Descansa su sexo en mi boca, pero no puedo saborearlo, apenas respirar. Se aleja entonces y me enseña su gran culo soleado
– ¡Mete tu mano!… – me ordena – ¡Tu mano! ¡Hier!
Acerco indeciso los dedos a la vulva, ella los atrapa y los embute todos en su cueva ólea, aguantándome el brazo mientras salta y se se masturba. La batuqueo, palpo órganos y mucosas hirvientes allá adentro. Se baja de la cama, se tiende en el piso y se toma las piernas por las corvas. Meto otra vez la mano. Con la luz que ya el sol asoma veo el ano apretado y la vulva alrededor de mi muñeca. Sostengo alzado uno de sus tobillos y revuelvo todo dentro. Se tensa y con un largo suspiro de tomador de cerveza, se viene

La empujo a la cama, grajea fuerte, se inclina hacia delante y me ofrece su vagina desmembrada, sumerjo mi irredento pájaro y eyaculo al infinito... Mi orgullo se pavonea: ya soy el penúltimo



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