El malecón. Primera parte

– ¿Te acuerdas de mí?
– Quién me habla
– Yo
– Quién es yo
– Alguien que tú conoces bien
– Mira, no tengo tiempo ahora, si no me dices quién eres, cuelgo
– Tú trabajaste en la empresa de artes visuales ¿verdad?
– Sí
– Y allí había una muchacha que te iba a visitar y se metía debajo de tu mesa y te hacía cositas
(¡Coñóo! Es esta loca. Cómo se llama, cómo se llama…)
– ¿Ya te acuerdas?
– Sí, pero tu nombre…
– ¿No te acuerdas de mi nombre? Qué lástima ¿Tan rápido me olvidaste?
– Dime la primera sílaba y enseguida me acuerdo
– ¿La primera qué?
– Las primeras dos letras
– C, A
– Ca… Ca… ¡Carla!
– ¡Claro, chico!
– ¡Caarlaa! ¡¿Dónde estás metida?!
– Aquí, bien ¿Y tú?
– Yo también bien ¿Seguiste en la empresa?
– ¡Uh! hace tiempo que me fui
– ¿Y ahora?
– Trabajo por la libre
– ¿Dónde?
– En casa de una amiga
– Bueno, y cuándo nos vemos otra vez
– Cuando tú quieras

Carla está medio quimbá, está loca de verdad. Se metía bajo el buró donde yo trabajaba y me felaba, seguía aunque llegara alguien, y me dejaba como un Malevich. Un día llegó Eugenia cuando estábamos en las postrimerías, ella bajo la mesa y yo haciendo como si llenara formularios
– ¿Y a ti qué te pasa? – me preguntó Eugenia atenta a mis temblores
– Tengo calambre – le dije, y empecé a patear a esta hijoeputa que seguía abocada. Se cayó de culo dentro del hueco del buró e hizo un ruido apocalíptico. Eugenia y yo nos quedamos mirándonos, yo con una sonrisa hemipléjica y ella con los ojos muy abiertos, de pronto gesticuló como quien ha recordado algo y se fue. A partir de ese día ella o cualquier otro que venía no podía evitar un vistazo hacia debajo del buró. Después por fin sexuamos en mi cuarto. Carla desnudó su cuerpo pincelado, del que no olvido las piernas, los músculos gemelos silueteados por la luz del closet, y comenzó a acariciarse las caderas, las nalgas, a masturbarse
– ¿Te gusto?… No, no, quédate ahí, mírame ¿Estoy buena?… Ahora ven, tócame. Así no, suavecito, mira cómo se me abre el culo… ¡No, no!, mírame…
Y al final se vino templada por ella misma. Me dejó eyacularla cuando ya todo había escampado. Incluso me pedía ¡en la espalda! ¡échamela en la espalda!

La diviso en el portal de una casona Vedado años treinta, mascándose las uñas como siempre
– ¡¿Y quée, loquita?!
– ¿Y qué?
– ¡Ahora tienes el pelo más largo! (el pelo de Carla es lacio como una crin)
– Sí
– ¿Y tú vives aquí? ¿O cómo es la cosa?
– Aquí vive una amiga mía, y yo la ayudo
– ¿A vivir?
– Noo, a dar masaje
– ¿Masaje? ¿A quién?
– Al que pague
– Y qué tipo de gente viene
– Hombres y mujeres
– ¿Mujeres también?
– Claro
– Bueno, qué hacemos
– ¿No quieres darte masajes?
– ¡¿Yo?! Yo no tengo dinero para eso, Carla
– Gratis, tú eres amiguito mío
– ¿Gratis?
– Sí, ven
Me conduce a un recibidor de altas columnas de mármol tinto. Las paredes padecen una inmemorial falta de pintura, sobre algunos espacios se notan los caminos de la humedad que baja de la azotea. Apenas hay luz. En unos sofás del XIV francés esperan ya dos clientes, un señor parecido a Einstein y un mulato viejo como un esclavo. Carla me sienta en una poltrona. Einstein no me mira, el mulato sonríe y yo también le sonrío (viejo perverso, en esto te gastas la pensión). Carla me toca el hombro
– Tengo que trabajar – y se esfuma
Los brazos del asiento tienen la costra negra de sudores superpuestos, acaso excitaciones o arrepentimientos de último minuto, barruntos de estafas o celadas policiales como los míos ahora. Bajo el sol que cabecea en la entrada aparecen dos sombras
– Buenas tardes
Einstein y yo respondemos con murmullos, el mulato se levanta respetuoso hacia las dos mujeres, recibe un “gracias, Emilio” y hace mutis. Entonces las dos sonríen hacia nosotros como diciendo ¿y? El otro me mira esperando a qué respondo yo (Carla la esquizofrénica desapareció sin instruirme en lo que debo hacer)
– Creo que él está primero – y señalo al científico
– ¿Usted?
El hombre responde con mueca y sonrisita como si fueran a darle un paseo en góndola y se lo llevan. La más alta tiene un corte varonil y la nariz ganchuda, la pequeña los ojos claros, el pelo hasta los hombros, y pendientes plateados. En el colmo de la falta de profesionalidad me han dejado solo sin siquiera decirme “con su permiso”. Así nunca prosperará la empresa privada nacional.
Salgo al portal, en la acera está apostado Emilio (que, ahora comprendo, no es cliente sino portero). Me mira, le sonrío y escruto el cielo buscando de dónde viene tanto calor. Cuando regreso a tierra está el viejo hablando con dos extranjeras e indicándoles que pasen. Las mujeres tienen alrededor de cuarenta años hermoseados por varios días de mar tropical. Nos saludamos y entran. Yo también entro a ocupar mi poltrona. Estoy como en el dentista, quiero pero no quiero. Regresa la de los ojos claros y me mira
– Ven
No me dice venga, sino ven. No hay nada más incómodo para un nativo que hacer usufructo de servicios concebidos para extranjeros, es como vestirse de payaso sin vocación, pero bueno... Entramos en una pieza aún más penumbrosa que el vestíbulo, una lámpara de pie concentra su haz sobre una camilla vacía, metros después hay un tabique, y detrás aparentemente otro cubículo de masajes. La habitación es espaciosa, de puntal elevado
– Mira, entra ahí – me indica un cuartico anexo donde reina olor a helechos. Hay una silla plástica y ganchos en la pared – Quítate la ropa y después ven a la camilla

Descalzo, pisando quién sabe cuántas llagas y hongos ajenos, llego a la camilla, me acuesto sobre el pecho y espero. Entonces veo a Carla. En la pared hay un largo espejo que abarca ambos lados del tabique, está acostada también y tiene una toalla sobre el culo. Nunca la hubiera advertido desde otro ángu
– Apoya la cabeza aquí – me estremece la voz inesperada – Relájate
Y comienza a untar mi espalda con una grasa perfumada. La de la nariz ganchuda se ocupa de Carla destapándola hasta la cima de las nalgas. Todo me parece burdo e ingenuo. Einstein debe haber salido decepcionado, o quizá lo disfrutó, pero no está aquí. ¿Por dónde lo habrán sacado? Seguramente la salida es por el garaje para que los defraudados no comenten con los que esperan. Mi masajista se concentra en el músculo trapecio. La piel de Carla refulge, un brillo acentuado persigue los dedos de la ganchuda en su lento desplazamiento. Carla parece dormir, debe tener los huesos astillados de tantas sesiones. Las caricias me envuelven en un vaho de abandono sensual. La ganchuda ha retirado la toalla a mi amiga y la amasa de las nalgas a los dorsales, despacio. Le abre las piernas y las moldea. Aunque no veo la mano que va por el interior del muslo, intuyo que llega hasta la vulva. Carla sigue inmóvil. También a mí me tocan los muslos, intermitentemente me rozan los testículos, como por accidente. No me importaría que me felaran ahora, lo pagaría, quienquiera que fuera. La ganchuda soba el culo de Carla, tengo la impresión de que ella lo iergue. Me amasan los pies, los abrazan en un vaivén melífluo. La ganchuda se demora entre las piernas de Carla, mueve el brazo pero no sale de allí. Mi terapeuta detiene el masaje
– Vírate
– (¡¿Cómo que me vire?! ¡Estoy excitado! ¡Me da vergüenza!) ... ¿Que me vire?
– Sí, date la vuelta
Ella sabe lo que me sucede y me ayuda a girar. Mi apéndice no ha tenido tiempo de desangrarse por el susto y todavía presenta garbo. Inmutable, lo toma con una mano y el pobre se encoge como un perro. No me muevo, no hablo
– ¿Está bien así?
Afirmo con mueca y sonrisita
– Relájate
Me masturba, con el recurso del método, como si fuera parte del servicio y no una transgresión. Me va sacando del choque, me anima. Elevo inconscientemente la pelvis. Rápido, despacio, rápido. Con la otra mano me cosquillea el escroto. Circulan gusarapos hacia el ombligo, los destellos de sus aretes plateados bailan como un reloj de hipnotista, me acerca al orgasmo, recuerdo dónde estoy pero ya voy en camino, el semen saldrá ante su cara, va a derramarse en sus dedos, entre mis vellos, cierro los ojos, me agarro a la camilla, todo huele a helechos…

– Espérate, yo lo hago, no te levantes… (¡Qué vergüenza!) ¡Mmm, buena producción! (¿Y Carla? ¿Habrán mirado?) Ya. Estás limpiecito, ahora puedes vestirte – me da unas palmaditas en la barriga – te portaste muy bien
Miro al otro cubículo, está a oscuras

Salgo al portal, la luz me hace parpadear. Ahí está el fiel Emilio, él sabe lo que me hicieron allá dentro. ¿Por qué no me sacaron por el garaje como a los demás? Bueno, no había con quién comentar, parece que las extranjeras se impacientaron y se fueron. Bajemos y despidámonos de Emilio con dignidad
– Hasta luego
– Hasta luego, señor
(No jodas viejo, déjate de señor que tú sabes lo que hubo)

Llego a la esquina y me cruzo con la fragancia que sube del Malecón, allá está, soleado a pesar de que son más de las seis ¡Ahh, la brisa fresca! Quisiera cantar un aria. Pobre Carla, trabaja de monigote. Siento ganas de desnudarme y correr hacia el océano. Tengo grasa en el culo. Voy a bajar, hace tiempo que no paseo cerca del mar.



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