Niss

Niss me recuerda en muchas cosas a Iliana. Las dos tienen un marido mucho mayor que ellas (solo que Iliana respeta a su marido pero no le teme, Niss le teme al suyo y lo desprecia), las dos son devotas de los hombres, de las mujeres, y aunque blancas, de los orichas.

Hoy me lleva a un tour religioso. Me ha convencido de subirme a la lanchita y estamos cruzando la bahía hacia la iglesia de la Virgen de Regla. Durante la travesía no se deja decepcionar por mi ateísmo burlón. Hablamos y nos damos cariñitos, pero la noto concentrada en algo que no entiendo, porque no conozco. Antes habíamos subido una loma en Nuevo Vedado y, llegados al pie de un árbol, enterró un pomo de cristal del cual no permitió que mirara el contenido. Ahora estamos acercándonos al atracadero
– Bichito, quiero que te portes bien allí, hazlo por mí

La iglesia está a dos minutos del muelle, pintada con cal blancomarilla, radiante por el sol que a esta hora le da de frente y le presta más envergadura de la que en realidad tiene. Sobre el pequeño muro que la rodea se venden velas caseras color mierda, además hay medallitas de aluminio y cosas así. Niss compra tres cirios. Desde que desembarcamos me parece que todos los que van hacia el santuario están hablando entre ellos, sin pronunciar palabra, sin mirarse. Cuando Niss paga las velas el viejo le da las gracias y no la mira, pero se dicen dos o tres palabras más, sin voz, sin gestos, yo lo siento.

Dentro del templo no hay ni la mitad de gente que yo esperaba, una mujer y un hombre con un niño en brazos caminan por el pasillo lateral, deteniéndose y tocando cada imagen sobre la pared, algunos otros les siguen y esperan a que terminen para hacer la misma operación. Delante de la nave central tres hombres y una mujer oran de pie. Ocho, diez, a lo sumo doce personas más están sentadas rezando. Aunque no padezco de religiosidad, el silencio y la sensación de comunidad extrasensorial me aplacan y sigo a Niss, que ahora se mueve como en su casa
- Ven, coje esta vela y enciéndela
Yo busco con qué. Ella me la quita delicadamente, la enciende con una de las suyas y me la devuelve. Me indica entonces una especie de candelabro, o algo que lo parece
- Ponla ahí
Nuestros tres cirios quedan clavados frente a la que debe ser la patrona. Retrocedemos a un banco vacío y Niss comienza a rezar, a lo clásico, ojos cerrados y manos unidas frente a la boca... Así me gustaría violarla. La miro con su melena crespa azabache, los dedos de pianista, las pecas que le sé en el pecho, las nalgas de vellitos negros peinados hacia la raja. Extiendo despacio la mano a alcanzarle el pelo y, antes de que note mis intenciones, la tiro violentamente hacia mis rodillas. Grita y el eco apaga las velas, la gente también grita creyendo que alguien ha caído en trance, le afinco el codo en la sien y halo el sayón por la cintura hasta rajarlo y dejarle las nalgas libres. Un negro inmenso se acerca mientras yo le presiono la cabeza, se saca el rabo monstruoso, le arranca la tira de la tanga y la penetra. Niss suelta un rugido ahogado como si el pene del negro le hubiera llegado a la garganta. El negro empuja tanto que nos lanza a los dos fuera del banco. Caemos en el pasillo, me levanto al tiempo que dos tipos más le abren las patas hasta descoyuntarla. Tiene la boca contra el piso, la lengua afuera en un charco de baba. El negro eyacula. Llega otro como un gorila, se saca la tranca, los otros tres le separan las nalgas con tal violencia que el hueco sale a la superficie, el gorila le mete dos dedos y la levanta en peso como un gato muerto, la endereza por el pelo y la deja caer sobre su estaca, deflagrándole la vagina... termina la plegaria y sin abrir los ojos se persigna. Entonces me mira
– Ya Bichito, vamos
Nos deslizamos al pasillo central, se arrodilla junto al último banco, se presigna otra vez hacia el altar y, ahora yo delante, salimos a la luz.

Estoy mirando la estela sucia que vamos dejando. Ella busca algo en su carterita
– ¿Rezaste? – me pregunta sin dejar de buscar
– ¿Yo? ¿Dónde?
– En la iglesia, al lado mío
– No
Saca una tableta de chocolate
– ¿Y eso Nisi? ¡¿Para mí?!
– No... ¡No, Bichito, suelta!
– ¡Pero, Nisi!
Mira discretamente alrededor y comienza a lanzar trocitos al mar
– Esto es sagrado, Bichito
– ¡Niiisi! – le suplico
Sigue lanzando pedacitos, impertubable. Reenvuelve el último trocito y, fingiendo disgusto, sin mirarme, me lo deja sobre el muslo







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