El sagrado corazón. Tercera parte

– ¿Puedo subir? – pregunto susurrando
– Bueno, si quieres dejarme en mi casa tienes que subir, porque esta es la puerta del garaje
Marta introduce con sigilo la llave y entramos a la casa
– Grrrrrrrrrr
–¡Chhhhh! Mufi, este es un amiguito mío ¡Échate!... Ven, ella no muerde. No hagas ruido, que mi abuela está durmiendo
Atravezamos una amplia sala y llegamos a la cocina
– ¿Y tus padres?
– En Belice
– ¿En Belice?
– En misión de trabajo... Habla bajito… ¿Quieres leche?
– No
– Yo sí, para que me corte el ron
– ¿También tomaste ron?
– Un poco, ji ji ji ji… Ven para el cuarto, que si mi abuela te ve le da un síncope… Qué miras... ¡Ah! el jesucristo, con el corazón en la mano como Juantorena. Ven

– ¿Este es tu cuarto?
– No, el de mis padres, yo duermo aquí cuando ellos no están, espérame un momento...
Y entra al baño. La habitación es pesada, delante de una alta ventana neocolonial cuelgan cortinas dobles, la cama hace juego con un gran escarapate de madera oscura. Pasan unos minutos
– ¡Aj! Ahora estoy más cómoda [blusón y bermudas a rayas]
Se sienta a mi lado al borde de la cama
–¿Y ahora cómo te vas?
– No me voy, le tengo miedo a la noche
– ¿Ajá? – me mira a la frente – ¿Tú sabes que eres la única persona que odio?
– Yo también te odio a ti
– ¿Y qué hacemos entonces?
– Yo puedo aprovechar para cercenarte la testa
– ¿Cómo lo haces?
– Así
Le muerdo el cuello y deja que mi peso la derribe sobre la cama, gatea hasta la cabecera, le saco la ropa a tirones, ella se deja hacer fingiendo debilidad. Busco algo para atarla, abro el escaparate y hallo un perchero con corbatas. La hago ponerse boca abajo y le anudo las piernas y brazos al somier (¡Estoy aquí con Marta! ¡¡Con Marta!! ¡Y a punto de templármela!). Le he abierto las piernas y dejado la vulva desplegada. Se agita más ahora que se sabe sujeta. Me desnudo, sus glúteos lechosos me desafían, le pego en los glúteos, se empina provocativa, le pego otra vez
– ¡¿Martica?! – se oye detrás de la puerta
– ¡Quée, abuela!... Sáfame, apúrate, sáfame… ¡Vooy!
Corre a la puerta y la entreabre
– ¿Qué?
– Sentí ruidos
– Soy yo que estoy estudiando en voz alta, abuela
– Ay Martica, pero ya es muy tarde, mija, acuéstate
– Sí abuela, ya me voy a dormir

Regresa en punticas y se tiende de bruces, la acomodo como un carnicero experto, le ato tensas otra vez las extremidades. Me arrodillo frente a su culo
– Cada vez que llegues a donde estoy y no me beses te voy a abrir el culo ¡Así!
– ¡Ay!
– Y te voy a arrodillar frente a mi pinga ¡Estás oyendo!
– ¡Sí!
Le lamo y mordisqueo la piel erizada de las nalgas. Le escupo la vulva, me paro en la cama, y le hundo dentro el dedo del pie
– ¡Ayyy co...!
Me clava las uñas en el tobillo, pero no puede sacarse el dedo. La vapuleo con el movimiento del colchón arriba y abajo
– ¡Ya! ¡Ya! ¡NOO!
Estoy eufórico. En la cómoda hay un florero de cristal con agua, en dos pasos lo tomo y se lo introduzco en el ano
– ¡¡Ay, coño, coño!! ¡Tú estás loco! ¡Ayyyy!
La sábana se encharca. Le meto dos dedos y bombeo el líquido
– ¡Ayay, eso me duele, coño!
Mueve enérgicamente las caderas intentando impedir lo que le hago. Le coloco una almohada bajo la pelvis y espero a que se calme. Tiembla. Asomo el pene enhiesto a la vagina
– ¡No, sin preservativo no! – implora casi sin aliento
– ¡Cállate!
Comienzo a entrar lento, regular, percibo el deslizamiento en la mucosa aspera, y entonces empujo brutal
– ¡¡Aahhmmm!! – Muerde la sábana, se queda rígida unos segundos y se desmadeja
–¡Empina el culo! ¡Vamos!
Pero Marta sigue inerte como un muñeco de trapo. Saco el pene y observo un hilillo de sangre manchándole el clítoris. Mi corazón se inquieta. Con dedos inseguros la desato, la viro boca arriba, tiene el rostro blanco, mucho más de lo corriente. Comienza a invadirme el miedo, aún con la esperanza de que esto sea parte del juego
– ¡Marta!
La sangre brota contínua (¡Ay mi madre! Un teléfono, la perra, la abuela, dios mío, en qué lío estoy, Oscar con un machete persiguiéndome por toda la costa, la policía ¡Párate o disparo!)
Me visto despacio, me descuelgo de la ventana y huyo a mi casa por las calles oscuras, sin que nadie me vea, nadie se va a enterar de que yo marté a Mata. Corro, corro, vue...
– Aaayy – se queja casi inaudible
– Sí Marta, estoy aquí, no te muevas, quédate tranquilita, no te muevas
– Aaay, me dueelee
– Sí descansa... dime qué hago... ¿puedo llamar por teléfono?... ¿la perra no ladra? (Que no veas la sangre, porque eres capaz de desmayarte otra vez, o gritar)... Marta, háblame (Ya no estás pálida ¡Gracias, mi Señor!)
– Me siento mal
– No te preocupes, ya estás bien... quédate así, duerme
– Tengo ganas de vomitar
– Sí, vomita... ¡¡No, no te muevas!! Vomita aquí (bueno, está bien, al borde de la cama, así, eso es, vomita todo, huevo... leche, todo. Ya, a ver, yo te limpio, la almohada bajo la cabeza, ya, ahora duerme, yo te cuido)... ¿Tu abuela entra al cuarto sin tocar? (no contestas, no importa, descansa, no sale más sangre, Gran Señor, que cicatrice lo que se rompió, que se cierre como sea y ya después veremos, que termine esta cabrona noche para irme a mi camita con mi ventiladorcito)







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