La encarnación

– Ale, ¿a ti te gusta disfrazarte?
– ¿Disfrazarme? A mí no ¿por qué?
– El sábado me invitaron a una fiesta en que hay que taparse la cara como mínimo, pero yo tampoco sirvo para eso
– ¿Una fiesta de disfraces?
– Sí, con bebida, música, templeta, lo único que hay que hacer es pagar treinta pesos
– Cómo es la cosa
– Así, relajado, los que se gusten se tiemplan, o se hacen amigos. Sin complejos, Ale, como debiera ser
– ¿Y qué vas a hacer?
– No sé todavía… la cosa es que ya pagué ¿No quisieras ir conmigo? Si vamos junto es mejor ¡Tú y yo con una careta! ¿Te imaginas?
– ¿Y entra cualquiera?
– No, en la puerta hay un tipo con una lista de los que pagaron
– Pero yo no pagué
– Coño Ale ¿tú crees que yo te iba a dejar fuera?
– ¿Qué? ¿Pagaste por mí?
– Coño, mi hermano, claro

Traspasada la puerta nos sambullimos en una nube de humo, entre el olor a cigarrillo mariposean esencias caras. No me siento ahora como cuando estaba confeccionando las máscaras para Lucas y para mí, me acordé de mi infancia, cuando todos en el barrio seguíamos las aventuras del Zorro enmascarado, quién sabe dónde está y nos hacíamos máscaras negras. Surgido de la niebla nos recibe un negro esbelto con un velo de seda tipo Sherazada
– ¿Y ustedes quienes son?
– Yo vengo con él – le aclaro señalando a Lucas
– Chansón, él es amigo mío – responde Lucas alzándose la careta
– ¡Ah, Luki! Tú no te pierdes esto ¿verdad?
– ¡Por nada del mundo!
– Si quieren fumar la cosa, aquí no, vayan al mezanine. Y si quieren algo de tomar, allí atrás pueden pedir lo que quieran
– Chansón, déjame presentarte a Alejandro
– ¡Ah! Mucho gusto. Diviértanse ¡Y no se quiten el antifaz! ¡Prohibido!
– Él es el que prepara estas fiestas – me explica Lucas susurrando – gana cantidad, el tipo es un profesional
– ¿Gana por preparar esto?
– Sí, pero esto es pro Alejandro, ven para que veas
En el trayecto hacia el bar estudio la fauna con la que compartiremos la noche. Parecen todos diseñados por el tal Chansón, desde las ropas hasta las poses, no hay uno – al menos que yo vea – vestido tan kitsch como Lucas y yo. Pero a mi amigo eso le interesa un pito
– Mira Ale, ni en un bar de un hotel encuentras esas botellas – traga saliva – qué te pido
– Luki, yo no tomo
– Coño Ale, no me digas que vas a desaprovechar esto
– Toma tú, toma tú
Sobre los sombreros, los hombros, y el a veces descubierto pelo de los invitados hay confeti. En el piso hay serpentinas, todo parece indicar que hubo una gran obertura
– Prueba
– Luki, no me jodas más, cojone, no voy a tomar
– Bueno, pero tienes que fumar por lo menos, vamos para allá arriba, que aquí están los maricones comprometidos
– Oye, Luki ¿Aquí hay nada más que maricones?
– Ale ¿tú crees que yo te voy a traer a una fiesta de maricones? Hay de todo, maricones, lesbianas, hombres como tú y como yo, y mujeres, mira bien para que veas, allí arriba. Ven.
A medida que subimos la bruma se espesa. Huele y suena distinto
– ¡¡El Lukiii!! – nos sorprende la voz de Roberto
– Cómo me conociste
– Con esa caretica de mierda y ese tamañito no puede haber nadie más aquí
– No hables así, que la careta la hizo éste
– ¿Y qué, Alejandro? ¡Elena, aquí están Alejandro y el Luki!
– Y tú por qué no tienes careta, Chansón dice...
– Ay, dile a Chansón que se vaya pa'la pinga. ¡Elena, aquí están...
– ¡Ya voy, ya voy!
– Maricón, te llamé y ya te habías ido – Lucas se arranca la máscara. Yo lo imito
– Tú me dijiste a las nueve, y a las nueve y cinco me fui ¿Quieren fumar?
– ¿A cuánto?
– A dos dólares por naylito
– ¡¿Tan caro?!
– Coño, Luki ¿Caro? ¿Dos dolarcitos por marihuana verdadera?
– Bueno, tráenos dos
– Luki, yo pago el mío
– Ay déjate de mierda, Alejandro. Tráelo, Robe
– Oye, Lucas, no te hagas el millonario que tú no tienes ni donde caerte muerto. Además ya me pagaste la entrada... coge
– ¡Hola a los dos! – nos saluda Elena
– ¿Y qué, mima? – Lucas la besa
– ¿Y qué, Elena? – la beso yo también
Hoy no es la misma, parece que lleva rato tomando, está despeinada y tiene la cara un poco hinchada por el alcohol, lleva un vestido negro con vuelos y lentejuelas, como de bailarina flamenca
– ¡Vengan, que les voy a presentar a unas cuantas gentes!
Nos guía hacia un grupo que ya observaba yo segundos antes, uno hace cuentos y los otros se ríen a gritos
– Permiiso, aquí traigo a dos buenos amiguitos míos y de Robe
– Hola
– Hola
– Mucho guzto, Rine
– Mara
– Tú y yo ya nos conocemos – dice Lucas a un tercero
– Claro Lucas, cómo estás
– Ahí
– ¿Tú te llamas...?
– Alejandro
– Mucho gusto, Alejandro, Frank es mi nombre
De la camada sólo se puede rescatar una adolescente de ojos esmeralda y gracia andrógina cuya belleza redime al resto. Lleva botinas hasta la media pierna y a partir de ahí una especie de hábito ajustado al talle por una cuerda. Está un poco ausente entre la agitación de los demás. Me mira subrepticiamente. Es el David, es la encarnación del David de Donatello. Se despega de la pared y sale de la habitación. Regresa Roberto
– ¡Aquí tienen!
– ¿Y el papel?
– ¿También hay que darles el papel? ¡Cojone!... Coje, enróllalo tú
– Luki, ve preparándolos – le digo a mi amigo –, vengo enseguida
– ¡Oye...!
– ¡Vengo ahora mismo!
Desciendo al mundo de los efluvios. La única fuente de luz parte de una araña que flota como nave mística en la neblina. Una melodía sensual e indefinible armoniza el susurro de los danzantes. La muchacha está en la barra, acaba de recibir un vaso con algo rojo dentro
– ¿Qué tomas? – le pregunto cuando la alcanzo
– Cubanito
– Ese es el único coctel que me gusta... con mucho limón
– A mí también
– ¿Puedo probar?
Extiende el vaso hasta mi boca y sorbo
– Mhm, voy a buscar uno
Regreso a ella con mi vaso. Andamos despacio
– Te voy a confesar un secreto. Hay... cómo decir... hay alguien de quien estoy enamorado hace tiempo. Sólo de ese alguien, pero no podemos amarnos
– ¿Por qué?
– Porque es de bronce
Me observa buscando el chiste, pero yo mantengo la cara de bardo. Bebe del cubanito
– ¿Dónde está, en un museo?
(Qué bien, no es tonta, otra hubiera dicho ¡Ah! ¿es una negrita?)
– Sí, lejos, en Italia
– Bueno... ve a Italia
– Y qué hago con eso
– Cuídala... límpiala...
– No me basta
Me mira con el vaso en los labios
– ¿Y qué puedo hacer yo?
– Tú eres la encarnación del David
– ¿De quién?
– Del David de Donatello
– Aaah, es un hombre
– Es una obra de arte, es la explicación de porqué el ser humano merece existir...
Lucas llega adonde estamos
– ¡Oye, cabrón! ¿Te voy a estar aguantando todo el tiempo el cigarrillo?... ¡Eeeh! ¿Pero tú no me dijiste que no ibas a tomar?
– Esto es jugo de tomate con limón y un poquito de alcohol. Dame el cigarrillo
– No, pero aquí abajo no, por si viene la policía. Vamos pa'llá arriba
Lucas sale delante. David bebe y las pestañas casi tocan la otra orilla del vaso. No reanudamos la conversación, pero se mantiene a mi lado. Al entrar al mezanine los de su grupo atenuan el cotilleo y nos miran, algunos sonríen. Más allá, desde un triclinio, también Elena y su interlocutor nos echan un vistazo. David me toca el brazo y la sigo a una esquina umbrosa, nos sentamos en el piso. Abre la boca para cazar el hielo con sus dos incisivos blanquísimos
– Toma del mío
– No, entre los dos
Enciendo el pitillo y doy una chupada prudente para que la tráquea se las entienda con el humo y no me haga la bufonada de toser. Se lo acerco a la boca
– ¿Tú eres bi? – me pregunta
– Qué cosa es bi
– ¿Bisexual?
– Hasta ahora no
Me devuelve el cigarrillo después de una segunda fumada, expulsa el humo hacia arriba y se queda mirando al techo. Vago la vista por el salón, algunos se apretujan girando en la inercia de la música. Elena y su amigo están tendidos creo que ya haciendo el sexo. Alguien sostiene a otro contra la pared y lo zarandea. Lucas no está. Fumo. David se empina los restos de mi cubanito. Le suelto el humo en la cara, sonríe pero no me mira. La atraigo a mi regazo dejándola boca arriba y siembro el cigarrillo en sus labios. Antes de que termine de exhalar la beso
– Aquí no
Se levanta y me lleva de la mano a una habitación contigua, totalmente oscura. Avanzamos a tientas, de todas partes llegan murmullos y jadeos. Pasamos a un pasillo y de ahí, franqueando una puerta, a otra estancia, esta vez despenumbrada por algunos haces que cuelan las farolas públicas a través de las persianas. David llega al centro, se vuelve y posa para mí, estática. Me acerco a tocar sus mejillas, su nariz filosa. Desato la cuerda que le ciñe el hábito y la desnudo con el corazón en la garganta. No lleva otra ropa, su cuerpo broncíneo se devela ante mi sorpresa
–¡Pero...! – me prosterno ante él – ¡Dios mío, eres David!
Sonríe






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