Pasteles. Segunda parte

... voy a mucha velocidad por un túnel que tiene lucesitas en el techo y en el piso, pero no tiene paredes, es como una montaña rusa con muchas lucecitas que voy dejando atrás, subo y bajo y subo y bajo, el cielo está negro, yo estoy acostado con los pies por delante en algo que me lleva... Cuando empezamos yo no estaba tan mareado y fumábamos, nos tiramos desnudos sobre un colchón en el piso y Mayra se metió desesperada mi pene en la boca, lo chupaba ansiosa sin dejarme sentir ni un segundo sus dientes, como si lo tuviera dentro de una vagina muy muy húmeda, después se encajó sobre mí mientras se pellizcaba los pezones, yo podía sentir su lubricación y su saliva entre los vellos. Ahora me sigue templando y ya tengo la cabeza fuera del colchón, siento una sensación muy lejana de su vagina rebozante abrazada a mi tripa, pero siento frío en la cara y ganas de vomitar, mi mamá me ha explicado que hay que bajar la cabeza todo lo posible para que la sangre regrese al cerebro. Cosa rara, el pene sigue duro como un mástil
– Mayra, Mayra, espérate
– ¡Dime pipo, que me voy a venir!
– Espérate, me siento mal
Le cuesta trabajo apagar el avión, pero finalmente se aparta preocupada. Me pongo en cuatro patas (no puedo desmayarme, no puedo, bajo ningún concepto) y bajo bien la cabeza. Cuando cierro los ojos veo las lucesitas, cuando los abro la frente me gira sobre las cejas. Mayra, en un acto de solidaridad inesperado, imita mi posición y me observa. Para matizar el ridículo intento reírle, pero me sale un rictus aún más cretino. Tengo inmensas ganas de cagar, estoy sudando como un oso (¡cuándo cojone acabará esto!). Mayra sigue a mi lado ¡Si me vieran ahora los muchachos del barrio!
Poco a poco recobro el calor, primero en los pómulos y en las orejas. Siento un fuerte olor a pescado descompuesto, o algo parecido, da lo mismo, ahora lo que tengo que hacer es concentrarme en cómo sigue esto y dónde cago. Creo que ya puedo regresar a la realidad. Me siento y Mayra hace lo mismo, me observa con una sonrisa amiga, sin mofa
– Fue culpa mía, se me fue la mano – admite, aún desnuda y con los pezones oscuros aún latiendo
– No, pero ya estoy bien, ahora lo único que me hace falta es ir al baño
– ¿Quieres vomitar?
– No, es que de tanto dulce que comí, ahora tengo ganas de... (¡qué vergüenza, dios mío!) defecar
– ¡Ja, ja! Ay pipo ven, no te preocupes, esta es tu casa

Paso el pestillo, mojo un pedazo de papel sanitario y lo paso sobre el asiento de la taza. Me siento, apoyo los codos en la rodilla… la peste a pescado… pescado crudo… o descompuesto… viene de mi pene… Qué reconfortante es la soledad cuando uno tiene que cagar, aunque sea en baño ajeno... ¡Coño! ¡Es peste a bollo! Es el bollo de Mayra ¡Gonorrea! ¡Sida! ¿Tendrá una infección esta mujer?... Me sale un mojón abultado, otro más pequeño, ahora sí me siento bien... pero el sida no huele... las gineteras son las que más se cuidan... qué peste a mierda, y aquí no hay ni una ventanita. Me limpiaré, saldré y cerraré enseguida para que no cunda el mal olor.

Ya está vestida. Esta tipa es buena gente, está fumando un cigarrillo normal
– ¿Mejor? – me pregunta extendiéndome la mano
– Perfecto
– Si quieres puedes quedarte a dormir
– ¿Qué hora es?
Me señala hacia la una menos cinco de la madrugada en el reloj de pared. Al margen de sus miasmas, todo es acogedor aquí, y el colchón es el mejor que se puede comprar con divisas. A esta hora no hay manera de salir de este agujero negro que es Centro Habana
– Sí, mejor me quedo
– Ahí cabemos los dos... y yo no ronco
– Yo tampoco
Qué tacto tiene, me cae bien, si no tuviera esa cara…Y esa peste



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